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El buen vivir en Karrantza

Catálogo IV Residencia artística del buen vivir.

Lo personal es político, y durante mi estancia en Karrantza conocí modelos de vida que eran auténticos manifiestos, espacios naturales y hogares que relataban su propio discurso, del que solo podía aprender. Me sentí privilegiada por estar ahí, alagada por la generosidad de todas y en ocasiones como un Husky siberiano en Sevilla.

El concepto del Buen vivir, sobre el que Laurita y Joseba han basado su proyecto, me hizo convertir su enunciación en una pregunta: ¿Qué es el buen vivir? Esta cuestión, que me pareció tan existencial, ambigua como pragmática, es sobre la que basé mi proyecto.

Les envié mi propuesta durante el confinamiento, se titulaba igual: El buen vivir, y más que una interrogación era una excusa para empezar el diálogo. Mientras todo parecía pararse, los peces volvieron a los canales de Venecia, los jabalíes bajaron hasta la Diagonal de Barcelona, y los delfines se acercaron a las costas Baleares. Bajaron los índices de contaminación en el aire, y de forma casi directamente proporcional subió el tráfico de datos móviles. Después del Tsunami en Japón, en la zona arrasada por la ola, al cabo de unos meses las ostras presentaron un tamaño que jamás habían visto los pescadores de la zona.

La crisis climática se hizo una vez más evidente, y Greta no tuvo nada que ver. La disciplina del miedo, el tiempo de encierro y las realidades distópicas pensé que provocarían una resituación en nuestra jerarquía de valores. Ahora ya en la curva ascendente de la segunda ola, mientras escribo este texto y ante la incertidumbre de próximos impactos y medidas, lamento pensar en la posibilidad de que no se formalice en aprendizaje sino en una cultura del miedo. Por otra parte, dependiendo del contexto, los ritmos y valores se reajustan de manera diferente. Tengo que confesar, que en muchas ocasiones durante la residencia el aire de las Encantaciones me hizo olvidar que estábamos, y aun ahora, viviendo una pandemia global.

Lamento recurrir al binomio, que en ocasiones considero simplista, del campo/ciudad, pero esta sensación de olvido se dio porque en el contexto rural de Karrantza los tiempos y protocolos no se vieron prácticamente afectados, si los comparamos al freno radical de las ciudades y el periodo cuasi intrauterino que se vivió gracias a las tecnologías de comunicación. Compartimos una matriz en la que los vasos comunicadores transportaban datos.

Con el pretexto del proyecto, cuestioné desde mi crisálida semirural a las personas de mi entorno, doméstico o virtual, que definirían como el buen vivir. Me gustaría pensar que el cultivo fue colectivo. De sus respuestas he recibido lecciones y retratos vitales, referencias constantes de pertenencia, del valor de la comunidad, la naturaleza y los cuidados mutuos, sin obviar la presencia furtiva de la economía como proveedora de bienestar. 

En Karrantza formulé esa misma pregunta y las respuestas que recibí coincidían en la búsqueda de ese equilibro, entre las personas, animales y territorio, como configuradores de su paisaje físico y emocional. Con sus definiciones me dieron una lección sobre la importancia del compromiso ante una realidad compartida, que implica cuidados y proyección futura, adaptación al medio y nostalgia hacia la extinción, de la vida rural y de su oveja autóctona, que sienten latente.

Yo soy de una isla, al igual que muchas de las personas que respondieron a mi pregunta previamente. En sus respuestas descubrí también referencias al mar y a su poder sanador. Entre los habitantes de Karrantza encontré referencias a un modelo de vida y explotación que dibuja sus prados, proveedores de conexión mística y endorfinas, poblados con el sonido de los campanos y cencerros de sus ovejas.

El proyecto de Laurita y Joseba se inspira en Sumak kawsay, una palabra quechua referida a la cosmovisión ancestral de la vida, traducida del quechua como Buen vivir. Esta propuesta política, cultural y social surge de movimientos indígenas y su espíritu aparece en la redacción de las constituciones de Ecuador (2008) y Bolivia (2009). El concepto se basa en la búsqueda del equilibrio con la naturaleza para la satisfacción de las necesidades, con el objetivo de preservar un sistema de cuidados mutuo, hacia las personas y el entorno, más que con fines económicos. El Sumak kawsay es un paradigma que he descubierto gracias a Mutur Beltz y se establece en cinco principios: sin conocimiento o sabiduría no hay vida (Tucu Yachay), todos venimos de la madre tierra (Pacha Mama), la vida es sana (Hambi Kawsay), la vida es colectiva (Sumak Kamaña) y todos tenemos un ideal o sueño (Hatun Muskuy).

Desde esta perspectiva el buen vivir se enfrenta a la crisis ecosocial planteando un modelo más sostenible. La antropóloga Yayo Herrero se refiere a estas relaciones y tensiones de ecodependencia en un contexto en el que se hacen evidentes la incompatibilidad entre los límites físicos del planeta y la vulnerabilidad de las personas y seres vivos. Como sujetos políticos, por densidad de población, la mayoría urbanos, puede aparecer un desarraigo hacia la tierra, así como un individualismo voraz y una pérdida de cuidados incluso hacia el propio cuerpo. Cuando intentamos resituarnos aparecen los miedos y el espíritu de las pequeñas burguesas que muchas llevamos dentro, como diría Naomi Klein: “El miedo solo paraliza si no se sabe para donde huir”.

Huir cuando la frontera es geográfica -el mar- imagino que alimenta mi alma nómada. Entrado el otoño transporté mi cuerpo a Karrantza, donde la intensidad del verde, los niveles de humedad y las vidas que son manifiestos me enseñaron lo importante que es saber quienes somos y que amamos. Juanjo Araujo se refiere a la aspiración de ser paisaje, yo creo que a cada uno nos posee el propio, y es mejor cuando lo cuidamos y compartimos.  

Sobre el proyecto

Mi primera propuesta fue la realización de un vídeo, en el que proponía reflexionar sobre el concepto del buen vivir a las personas del entorno local. El formato de este vídeo se formalizó en un documental subjetivo sobre el paisaje humano de Karrantza. 

Por otra parte, una vez conocí en persona el proyecto Mutur Beltz, y el valor y propiedades de la lana que Laurita y Joseba llevan años trabajando y convirtiendo en piezas, aprendí a hacer fieltro, gracias a ella y a Aitor. Por esta razón decidí producir también una pieza de lana, ya que durante años he trabajado con textiles y volúmenes escultóricos y me entusiasmó la idea de incorporar un nuevo material con ese peso simbólico a mi obra.

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This entry was posted on April 7, 2021 by in Articulos.
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